domingo, 21 de agosto de 2011

La decisión de Arrecho Abreu




Llegó al Bar con muchas copas dentro, y a él el alcohól lo ponía agresivo.

El cuerpo le pesaba. Se detuvo en la puerta, mojó los labios con la lengua, afirmó el cinto.

Pestañando en camara lenta, a través del vidrio sucio vio cantidad de gente y abrió la puerta con fuerza, decidido.

Se hizo un silencio.

Todos lo miraron, algunos con odio, otros con miedo, ninguno con alegría.

Pese al alcohol, desde esa posición pudo ver al turco Abdul apoyado en el mostrador, de copas con el brasilero Carvalho, los dos contrabandistas de ganado. (Él sabía bastantes cosas de esos dos y tenían cuentas pendientes)

En la mesa contra la ventana estaba al judio Brunstein haciendo numeros con el pelusa Contreras, gaucho de casi dos metros y 130 kilos, su empleado y “cobrador personal” en casos de insolvencia del deudor, finiquitando entre ellos quien sabe cual de sus tantos negocios turbios.

Por las mesas del medio junó a la parda Manuela - “su” parda - subida en la falda del malevo Rosales – esto era demasiado - y solo con la mirada de furia que les tiró, casi le hace un barbijo en la frente. Ella sintió el odio clarito, y quedó temblando.

Lleno de bronca espesa, apretó los puños.

Para la izquierda del cafetín vio bastantes elementos - figuritas conocidas - con los que tenia otros asuntos. “Tiempo al tiempo”, pensó.

Se palpó el facón con la derecha y acarició la Beretta en el sobaco, porque venía dispuesto a cualquier cosa y todos lo sabían.

Fueron vivencias lentas, degustadas, esperadas, fatales, que parecían horas pero duraron segundos.

Con dificultád comenzó a entrar al tugurio.

Al ver el movimiento Rosales se paró de golpe llevandose la mano a la cintura – utilizaba la faca agarrada en la espalda con el cinto - dejando a la parda desparramada en el piso. Brustein desesperado juntaba el dinero ayudado por Contreras que ponia los inmensos brazos en los bordes de la mesa controlando no se cayera ningun recibo. El gallego Manuel y el turco Abdul se dieron vuelta mirándolo de frente con desprecio. Manuel metió mano en la cintura y agarro el mango del facón. Abdul – zurdo perdido - coloco la mano izquierda en su sobaco derecho y la dejo apoyada en el Smith & Wesson 38.

Todo quedó en silencio.

El dueño del cafetín, el vazco Iñaky, se tiró de cabeza atrás del mostrador, jalando de abajo la poyera a su mujer para que hiciera lo mismo, pero ella estaba paralizada por el miedo, como estatua.

Arrecho Abreu tenia problemas personales con varios de los presentes y esa noche los iba a arreglar por las malas o por las peores tambien. (Se acordó por un instante de unos cantores del pueblo y casi penso la frase con el mismo tono y ritmo de la canción)

Todos los músculos de todos se tensaron.

Avanzó.

Tropezó en una rebarba de la madera de piso, quiso recuperar el equilibrio pero el alcohol no lo dejó, trastabilló dos pasos y cayó pesadamente hacia adelante haciendo el cuerpo una pirueta extraña partiéndose la frente contra la mesa del malevo Rosales, quedando difunto ipso facto con la sangrante cabeza abierta apoyada en la falda de la parda Manuela que se desmayó con un suspiro.

En cierta manera, logró lo que quería, aunque debemos reconocer que no en una forma convencional. Ya no le afectarían más sus malas relaciones con todos esos malandros despreciables.

Sus problemas quedaron resueltos.

domingo, 19 de junio de 2011

Arqueología práctica










En ese hueco oculto a todos, detrás de la pequeña y gruesa puerta de madera maciza, el cuerpo mantenía una postura encorvada con la piel negruzca pegada a los huesos formando arrugas lineales irregulares que lo hacían especialmente dantesco. El cráneo aún se mantenía en su sitio sostenido por restos de cuero cabelludo con algo de pelo blanco en las sienes y la nuca. Las cuencas vacías parecían morbosamente decoradas con algo de cejas y piel putrefacta mientras la desencajada quijada estaba a punto de caerse.

Llamaban la atención esas manos como garras negruzcas sin uñas – se notaban arañazos en las paredes del cubículo que sugerían intentos desesperados de libertad - seguramente se las había arrancado rascando la madera y el cemento al quedar atrapado.

La luz de la linterna apenas lograba ver esa momia, no había sido fácil llegar hasta ese alejado rincón en medio de infinidad de otros objetos abandonados en el pequeño cubículo. Era fácil ver que hacía mucho que nadie pasaba por el sitio. Un típico aroma de humedad acompañaba cada movimiento. Más allá de la sorpresa, el hallazgo revivió en cierta forma su pasión por lo antiguo que de joven lo había llevado a estudiar arqueología.

Asombrado miraba el descubrimiento que jamás hubiese pensado encontrar en esa zona, mirando todo lentamente, intentando guardar en la retina cada detalle, cada pequeño signo.

Increiblemente por fín vio ese anillo grueso de oro en el anular de la mano izquierda junto con otro de plata, más grueso, coronado por una piedra de obsidiana blancopálida en el meñique de la misma mano.

Fue el dato fundamental que permitió datar el hallazgo con total seguridad, incluso ahora podría definir la identidad de la momia.

Solo para confirmar las sospechas dio vuelta el cuerpo momificado y en lo que había sido la cintura pudo ver restos de ropa atados con una simple cuerda anudada con triple nudo, lo que era una típica costumbre de ese sujeto en su tiempo.

Lo que intuía, contra todo pronóstico, estaba confirmado.

Con gran dificultad retrocedió por donde había venido, buscando aire fresco.

Se detuvo y respiró profundamente.

Ya repuesto de tanta emoción gritó a su compañera con toda la fuerza de sus pulmones:

-¡Martaaaaa! ¡Martaaaa! ¿Dónde estás? – la voz rebotando en las paredes generaba un eco lúgubre –

- ¡Estoy aquí afuera, de donde me estas gritando, apenas te escucho!

- ¡Arriba, aquí arriba, en el galpón viejo, en la buhardilla!.

- ¿Qué querés?

- Fijate que siempre estuvo aquí, no se había ido de vacaciones ni salió con nadie… ¡con razón la policía nunca supo nada!

De abajo la mujer le preguntaba a los gritos porque no entendía demasiado:

- ¿De que hablas... qué me estas diciendo?

- ¡Que tenemos que limpiar más seguido... ¡encontré al abuelo carajo, encontré al abuelo!

miércoles, 15 de junio de 2011

La pasión de Alberto



La pasión de Alberto


Nadie podia extrañarse que Alberto fuera un católico convencido.

Criado en el seno de una familia de religiosos militantes, toda su vida le infundieron los conceptos fundamentales de sumisión, respeto y miedo al Señor, marcándolo a fuego.

Su fé superaba la de cualquier cristiano; participaba en todas las actividades religiosas volviéndose imprescindible para la iglesia; jamás se negó a colaborar en cuanta campaña solidaria existiera.

Su vida de permanente entrega lo ponía camino a la santidad .

Por todo lo dicho cuando a mediados de la adolescencia le aparecieron esas manchas sangrantes en las palmas de sus manos
se sorprendió, pero recordando la historia de Cristo - que conocía al detalle – no tuvo miedo. Por el contrario, su misticismo aumentó.

Los médicos lo atribuyeron a alguna extraña enfermedad de la piel, le recetaron variados medicamentos, siempre sin éxito.

Él intuía lo que le sucedía, lo tenía claro.

Asi siguió su vida en las mismas rutinas con su familia y los amigos de la iglesia. Sin pareja. Nunca se le conoció pareja. Él ponía límites.

Cuando tenia afinidad por alguien del otro sexo – ni pensar de su mismo sexo - se consideraba al borde del pecado y automáticamente reprimía los instintos naturales con la oración. Era más que una convicción, era un reflejo inevitable.

Ante el sexo o su posibilidad los años de oscurantismo inculcados por la familia lo hacían sentirse sucio. (En esto lo envidiaban los clérigos que se sabían mucho más débiles y proclives a la tentación que Alberto.)

Su absesividad mental lo hacía refugiarse en la Iglesia alejandose de cualquier tentación – mejor si estaba vacía o con pocos fieles – y orar hasta llegar a un estado de éxtasis que le llenaba de seguridad.

Días antes de cumplir los 22 notó nuevas manchas de sangre, ahora en los pies y alli comprendió que sin ninguna duda tenía los estigmas de Cristo, lo que siempre había sospechado.

Increiblemente su fé, su permanente búsqueda del bien, había logrado este milagro cuyas causas se desconocen, aunque la ciencia siga buscando explicaciones convincentes sin encontrar ninguna.

Vivía con manos y pies envueltos en gasas. La gente ya lo veía realmente como un Santo. La Curia lo invitaba a dar conferencias de Fé, aparecía en programas de comunicación de variados medios.

Los más fanáticos guardaban las gasas ensangrentadas como reliquias y les rendían culto.

Al cumplir los 32 años nació en él un interés visceral, profundo, por las cruces donde Cristo sufría y penaba eternamente por nuestros pecados. Las miraba, las estudiaba, algo extraño lo atraía hacia ellas.

Repetídamente soñaba con crucifijos donde el Señor gritaba, sangraba, sufría siendo torturado. En lo que veía en las iglesias y en lo que soñaba, algo – no podía definir qué – no estaba bien. Lo intuía, algo no estaba bien. Algo era falso, antinatural.

Estudiaba y estudiaba las figuras religiosas y nunca lo descubría. No podía definirlo, pero tenía la plena seguridad de que algo estaba mal en esas figuras.

Por cierto sus estigmas mantenían un sangrado escaso y habían crecido al punto que veia a su través, pudiendo pasar un dedo por los huecos sin sufrir dolor. Nunca tuvo ni el más mínimo signo de infección.

En uno de los tantos viajes pastorales al interior del país, el auto tuvo una avería. Buscando ayuda llegaron a un pueblecito de tantos que hay en nuestra America profunda. Alli el mecánico les dijo que precisaba tiempo para conseguir los repuestos, entonces se alojaron en una pensión del lugar esperando el arreglo.

En una de sus caminatas conociendo la zona, cansado, extrañando mucho esos momentos de oración que le daban paz, encontró una humilde, pequeña y olvidada iglesia en la plaza del pueblo.

Encontró su ambiente.

Alli solo tenian una imagen religiosa, la de San Francisco de Asis – santo que adoraba y con quien se identificaba – junto a una gran cruz desproporcionada para el tamaño del templo que - según luego le contarian – años atrás los vecinos construyeron con restos de un inmenso eucaliptus que un rayo derribara durante una gran tormenta .

La madera era sólida, de color rojizo, muy bien pulida, sin rastros de polillas u otros insectos perforadores y con un trabajo artesanal excelente. Desde ese día, el hallazgo lo haría volver repetidas veces al pueblo como en peregrinación.

Cuando estaba a punto de llegar a los 33 años, junto con amigos y conocidos decidieron ir a festejarlo a ese sitio perdido del mapa, solitario y simple, como a él más le gustaba.

La noche anterior al compleaños, en plena madrugada, mientras todos dormian, como cumpliendo un plan pre-establecido fue a la iglesia con con una pequeña escalera que había traido de la ciudad, envuelto en una atmósfera mística y poseido de una increïble decisión.

Al entrar notó un resplandor extraño en el ambiente y vio el piso de la pequeña capilla cubierto con una neblina fosforescente. Todo le pareció de lo más natural, como si lo esperara, lo mismo que subirse y comprobar que el tamaño de la cruz parecía hecha a su medida.

Con movimientos automáticos y sintiendo una inmensa paz se quitó la ropa dejandose caer de espaldas contra el madero.

En ese momento brillantes luces lo iluminaron y unos clavos de plata aparecieron de la nada en los estigmas uniéndolo a la cruz.

Alcanzó a sentir que algo espinoso se apoyaba suavemente en su cabeza y una mano templada y suave le acariciaba la frente.

A la mañana siguiente, como casi todos los días, la señora Rodriguez Lopez fue con su hijo menor a la iglesia a hacer su trabajo.

Contratada para limpiar y ordenar todo, siempre comenzaba rutinariamente por el jardín donde intercambiaban unos mates con el cura comentando las novedades del pueblo.

El nene en sus juegos entró corriendo al templo y salió a los gritos a contarles que álguien les habia regalado un Jesucristo.

Cuando lo vieron el asombro fue inmenso, estaban ante una talla del Señor en madera pulida, tamaño real, perfecta, exacta para el viejo crucifijo. El solo acto de mirarla les trasmitía paz, mucha paz. (A ambos los rasgos de la figura les parecian conocidos, pero no lo comentaron).

Eso si, tenía un detalle misterioso que jamás habían visto en otros crucifijos.

En este, Jesús crucificado les regalaba una serena sonrisa.

lunes, 13 de abril de 2009

Me fui, nervioso.

Fue un sonido extraño,
quizás quejido, o lejana voz

- quien sabe -
pero la verdad, me dejó intrigado.
Y de pronto volví a sentirlo,
triste, lejano, exigente, como pidiendo,
entonces intenté buscar su procedencia,
pero la noche, negrísima,
se opuso.
Yo lo seguía sintiendo,
más cercano, mas indefinido,
mas fuerte,
y lo busqué en la oscuridad.
Quería descubrirlo, quería verlo,
- le juro los ojos me quedaron como líneas -
pero nada,
ni mis manos veía.
Alli estaba otra vez, clarito y cerca,
y lo peor, lo sentí bravo, enojado, como vengativo
- eso me vino a la mente -
Me fui.
Porque uno nunca sabe, ¿vio?.
Me alejé desconfiado, mirando nervioso para atrás,
mirando negro, como verán los ciegos - pensé -
sintiéndolo,
seguro que estaba alli, en algún lado,
cerca, pero lejos,
¿entiende?
Jamás volví.

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Salutti tanti amichi
Senén

lunes, 6 de abril de 2009

La moda, la moda y sus prisioneras

La moda, la moda y sus prisioneras







La nueva onda de vestidos entallados con telas transparentes le encantaban.

Claro, tenia unos kilos de mas que no ayudaban mucho, pero ese era el conjunto que le había fascinado y ansiaba ponérselo. Por cierto, no quería acordarse lo que pagó por el.

El entallado le quedaba perfecto – a decir verdad un poco tenso por las “llantitas” – pero tolerable. Los escotes y el efecto de transparencia eran realmente sensuales.
Se miraba una y mil veces en el espejo. Le encantaba verse y sentirse bien sensual.

Ponerse las medias oscuras para hacer juego con los zapatos de taco alto al tono, era parte importante del ritual, se había depilado las piernas en forma concienzuda.

Ya lista, se paro frente al espejo por enésima vez y se miro de costado. Levantó la cola, reviso el talle... ¡perfecto!. Luego se maquilló lentamente prestando atención a cada detalle.

Esa noche tenía que ser el centro de la reunión.

Resaltó en especial los ojos celestes y con un adecuado juego de sombras disimuló la cara un poco regordeta y la nariz discretamente prominente. “No solo ser el centro,- pensó - quería que la admiraran y la envidiaran.”

Los labios con un color naranja chillón le daban el toque final de seducción.Una buena dosis de perfume francés importado fue como la firma luego de la obra.
Se miró el peinado sin encontrar motivo para reclamos.

¡Estaba perfecta!. No existía nada en este mundo que la hiciese sentir tan excitada, tan “pronta para todo”, como vestirse de mujer.

viernes, 20 de febrero de 2009

Profundo amor


“Nunca querré a nadie mas, y vos lo sabes bien”, dijo despacito mientras acariciaba suavemente el brazo femenino desde el hombro a la mano en un movimiento pendular, jugueteando con la alianza de oro y brillantes.
“Para siempre es para siempre, mi amor”, le susurro en el mismo tono mientras besando la cabeza apoyada en su hombro apretaba la cintura pequeña y sensual, atrayendo para si el cuerpo deseado.
“Nuestro amor es eterno”, confesó, y mantuvo unos minutos la mirada perdida en el horizonte, por sobre la cabeza de largos cabellos rubios, viendo la inmensa luna en el cielo despejado y cómo su luz plateada se reflejaba en el mar calmo. A esa hora de la madrugada no había nadie en las cercanías y eso daba una especial intimidad al momento.
“Ya es hora, mi amor”, dijo por fin con un suspiro y agachándose ordenó las piedras en el gran saco de lona gruesa donde estaban las piernas. Con gran paciencia y dulzura puso dentro el cuerpo, los brazos y la cabeza, lo cerró fuertemente empujándolo sobre el borde del muelle y luego de una brevísima espera, sintió el ruido del bulto al caer al mar y hundirse.
“No estarás sola, mi vida, tu amante te espera en el fondo desde ayer”, anunció en el mismo tono y comenzó a caminar hacia el auto.
“Va a ser una madrugada fría”, pensó.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Por no hacer caso




Siempre le decían que meterse en el bosque de eucaliptos a esa hora de la noche no era aconsejable, pero – era su costumbre – él no hacía caso.

Y allí estaba, a las dos de la madrugada caminando entre árboles inmensos de altas copas, meciéndose lentamente empujados por la brisa nocturna.

Podía oír el ruido de las cortezas al rozarse los troncos. Era una especie de crujido continuo, un craqueo extraño, casi un quejido sostenido. Miró hacia arriba, todo estaba oscuro, las nubes y la niebla no permitían ver las estrellas.

Apuró el paso.

No estaba seguro del camino que de día conocía de memoria, pero en plena oscuridad era difícil orientarse y la cercanía del río levantaba una bruma espesa que dificultaba la visión incluso a pocos metros. La luz de la linterna dibujaba un cilindro brillante que respondía solícito a los movimientos de la muñeca. Movimientos cada vez más nerviosos.

Al quejido sostenido de las grandes moles vivas de madera lo acompañaba el murmullo de las hojas muy en lo alto, el retumbar de las olas del mar a lo lejos y el ruido de las ramas secas quebrándose bajo sus pies con cada paso, resonando en su soledad como disparos.

Por un momento le pareció ver una silueta entre dos troncos, iluminada por el resplandor de la luz, pero al enfocar hacia ese lugar no había nada. “Estoy nervioso” pensó y comenzó a caminar a pasos largos, dándose vuelta rápidamente cada pocos metros, porque podía jurar que sentía pasos siguiéndolo. Quería descubrir quién era, sorprenderlo.

Pocos minutos después corría jadeante entre los árboles, en busca de las luces salvadoras de la casa, cerca de la costa, más allá del monte de eucaliptos.

Intentaba autoconvencerse que estaba sugestionado, que cursaba una especia de crisis de ansiedad, que debía tranquilizarse, pero el pavor que lo invadía no le permitía razonar y comenzó a correr alocadamente, preso del pánico, desesperado por lo que demoró poco en tropezar con una raíz y caer aparatosamente contra un árbol caído. La linterna se le escapó de las manos y fue rebotando por el piso hasta quedar a varios metros iluminando arbustos y hojas secas.

El golpe lo había dejado casi inconsciente, le parecía vivir una película, la realidad se distorsionaba por la bruma espesa, se sintió perdido, paralizado por el terror y en ese momento comenzó a registrar claramente las pisadas que lo seguían por la hojarasca y esa respiración nerviosa que había estado sintiendo, e incapacitado para hacer cualquier cosa confirmó que si, que era cierto, que algo se le acercaba en la noche y no podía moverse, paralizado por el pánico.
Los pasos se hicieron más rápidos y el mortecino resplandor de la linterna apenas le permitió ver un inmenso bulto negro cuando le cayó encima pesadamente quitándole el aire.
La húmeda lengua de Nerón, su labrador negro, empapándole la cara, le hizo desaparecer la angustia y el pánico al primer lambetazo.


sábado, 14 de febrero de 2009

Paleolítico






El enorme y peludo mamut dio un último resoplido intentando levantar la cabeza y terminó de morir cubierto de barro y sangre, su propia sangre brotando del cuero atravesado por incontables lanzas punta de piedra.

Logró matar a varios bípedos antes de caer, aplastándolos bajo sus patas, destrozándolos con los colmillos y quebrándolos con la trompa, pero ellos habían vencido al fin por número y por tàctica. La inmensa mole era demasiado lenta para esos animales organizados.

Seguros que la bestia estaba muerta, se escucharon sonidos guturales de satisfacción en los sobrevivientes.

El jefe se acercó a los caidos, los miro de cerca casi tocándoles la piel con su naríz, les abrió los ojos, con movimientos bruscos los empujó bucando se movieran, revisó los miembros quebrados y en algunos las vísceras tiradas en el suelo al explotar los cuerpos por el peso de las inmensas patas.

Juntaron los muertos y los cargaron sobre ramas largas para arrastrarlos a la caverna. Al llegar los enterrarían bajo el piso de sus propias estancias, para que estuviesen siempre con ellos.

Con piedras afiladas cortaron todo el cuero posible del monstruo aún caliente. Sería buena protección para el frío del invierno. Luego cortaron toda la carne que pudieron cargar en ese viaje.

El retorno a la cueva donde esperaban las hembras y los niños era muy largo y aunque volverían al día siguiente, ya sabían que el trabajo de las alimañas nocturnas les dejaría poco más que los huesos. Pero estos también les servirían para preparar armas y herramientas.

Antes de partir el jefe gesticuló levantando la lanza en señal de mando.

Ayudaron a caminar a los heridos. Comenzaron el retorno.

La tarde se volvía noche, el camino era largo y peligroso.

lunes, 14 de enero de 2008

La pieza de pensión ( o el F.M.I.)


El cuarto comenzó a achicarse. Al principio prácticamente no se notaban diferencias, pero las distancias se hacían mas cortas. Él lo intuía. Contó los pasos desde la puerta a la pared contraria... diez, once, casi doce y de la ventana al fondo de la pieza... ocho, nueve, diez. Justo diez pasos. Pero se estaba achicando, lo podía sentir y esa sensación de perdida de sustentación, de levedad que le estaba produciendo el piso al ir subiendo... pero era tan lento que apenas se notaba. Él lo sentía. Como sentía que el techo se movía, comenzaba a bajar. Estaba aterrorizado, lo paralizaba el encontrarse frente a ese fenómeno inexplicable, inesperado, no podía convencerse. Volvió a contar los pasos desde la puerta a la pared contraria... diez, once... once justo. ¡Estaba acortándose, lo estaba confirmando! y desde la ventana a la otra pared... ocho, nueve...¡solo nueve!, sin dudas se achicaba. El pavor casi le impedía mover las piernas, la respiración le era dificultosa, comenzó a sentirse mal, con el estomago revuelto. Desfalleciente llegó a la puerta, se abría hacia adentro y el piso al subir la trababa. Intento calmarse, pero no pudo contener el ataque de pánico, los pies le pesaban toneladas y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para arrastrarlos hacia la ventana, su única y última oportunidad de salir de ese encierro mortal. Pero el techo había bajado. Y al bajar trancó la parte superior. No pudo abrirla. Notó que el movimiento compresivo de paredes, piso y techo se hacía mas notorio, el ambiente se achicaba, le faltaba el aire, casi llegaba con su cabeza al techo y estirando los brazos pudo tocar ahora las paredes y apoyar las palmas en ellas sintiendo claramente el movimiento. Al taparse la ventana todo quedo a oscuras, el volumen libre desaparecía, se sintió desvanecer.
A la mañana siguiente la pieza estaba limpia y brillante, iluminada por un radiante sol que penetraba por la ventana.
La puerta estaba entornada y lucía un cartelito colgado en el picaporte:


SE ALQUILA Pase sin llamar

lunes, 31 de diciembre de 2007

Acto de desaparición (Superando a Houdini)


El lugar ideal lo encontró junto al borde de un pequeño barranco arenoso.

En la base puso un tablón grande en ángulo de 45 grados, colocando al centro con perfecto balance, un palo al que ató una cuerda larga.

Delicadamente fue aflojando la arena y tierra seca de la base.
Demoró poco menos de una hora para dejar pronto el mecanismo que aseguraba el efecto.
Sin apuro (pero sin pausa) cavó un hueco grande, cómodo, y la tierra que sacaba la fué distribuyendo con mucho cuidado sobre el mismo tablón, procurando que no perdiese el equilibrio.
Cuando llegó a la profundidad deseada, puso en su sitio la cuerda, tomó unos tragos de agua de la cantimplora, luego la guardó en el hueco junto con la pala, se acostó adentro y jaló de la cuerda.
Tal como lo había previsto, esto desprendió el tablón que resbaló tapando perfectamente la fosa y sobre este cayó toda la tierra suelta y la que se desprendió del pequeño barranco al desmoronarse su saliente, cubriendo completamente la madera sin dejar huellas de trabajo humano.

En completa oscuridad, pero aún con aire, llevó el 38 de caño corto a su boca. De afuera no se sintió nada.

Se "desapareció" impecablemente.
Un genio el hombre.
Houdini un bebé de pecho.

martes, 27 de noviembre de 2007

La sospecha

La sospecha


“No pensé que llegaras tan temprano - la voz se sentía nerviosa – no tengo nada preparado, como ves, todo es un desorden” – se sintió un ruido sordo en el dormitorio – “Nerón debe estar haciendo de las suyas” – al sentir su nombre el perro vino moviendo el rabo, había conocido la voz y esto en parte quitó tensión al ambiente –

“¿Vas a darte una ducha antes de cenar? – era mas un pedido que una pregunta, la voz se sentía levemente angustiada – si ya cenaste tengo agua caliente en el termo, ¿querés un café?” – mientras caminaba hacia la cocina sintió la negativa del esposo – “bueno, entonces duchate que ya vuelvo”.


El hombre dejó la ropa sobre la cama al pasar al baño, abrió la llave del agua caliente y comenzó a conversar con ella. Desde el comedor se sentía clarito el ruido del agua en la bañera y su voz serena.


Segura que estaba bañándose ella constestó a sus preguntas y siguió con el tema del café, porque precisaba tiempo. “Bueno si, te lo dejo en la mesa de noche, está muy caliente”.
Nerviosa abrió rápidamente la puerta del closet sin hacer ruido, pero no encontró a nadie, buscó luego bajo la cama y tampoco, supuso que se habría ido pero vio la ropa escondida en el rincón, casi no podía respirar, sintió que el marido salía del baño.


“¿Ya te bañaste?... ¿tan rápido? – intentaba controlarse pero era casi imposible, los pasos se acercaban a la puerta – ¿que rico se siente luego de una ducha de agua caliente no?, hoy seguro que tuviste poco trabajo, por eso llegaste pronto, ¿no?”.


Él se secaba parsimoniosamente la cara a los pies de la cama, el cuerpo desnudo, ella le repitió, solícita: “tenés el café en la mesa de luz, mi amor, decime si esta bien de azúcar, se te va a enfriar”.


Con la toalla en la mano, siempre desnudo, tomó un trago, le dijo que estaba bien y después con mucha calma le dijo que no le quedaba claro que hacer, pero que opinaba que lo mas sensato seria llamar a la policía. Esto la dejó pensando.


“¿Llamar a la policía... y para que?” – recién allí vio la mano pálida saliendo de la bañera y unos salpicones rojos en la mampara y las baldosas del baño. Quedo sin palabras. Como de ultratumba sintió que desde algún sitio la voz de su esposo le decía:


“No volví temprano, no, simplemente no fui a trabajar, sospechaba esto desde hacia tiempo– las palabras sonaban impersonales, congeladas - ¡pero con alguien de nuestra total amistad!... eso si no me lo imaginaba, la verdad - la revelación quedó flotando como una nube fria en el dormitorio mientras el vapor de agua que salía del baño y la mancha roja del piso aumentaban de tamaño – eso si no me lo imaginaba, no me lo imaginaba, no me lo imaginaba”, repetía como un disco rayado mientras caminaba en dirección a ella con el estilete en la mano y los ojos extraviados...

Catalepsia

Catalepsia

Cuando despertó estaba solo, el ambiente era muy oscuro, sofocante, húmedo.

Se le dificultaba respirar y lo que inició una corriente fría en su espalda fue el silencio. Un silencio impresionante, profundo, pesado, increíble.
Comenzó a entender lo sucedido, tratando de negar sus propios pensamientos.
Antes de que el terror lo agobiara intentó estirar la mano buscando la lámpara salvadora y sus nudillos chocaron contra una pared de madera que sonó secamente a hueco...

sábado, 21 de julio de 2007

Apremio físico


Con las manos aferradas fuertemente a los barrotes laterales endurece las facciones, cierra los ojos y muerde su labio inferior hasta sacarle sangre. A su alrededor todos le hablan al mismo tiempo, le gritan, le increpan, no entiende. Alguien pincha su brazo y comienza a pasar un liquido transparente en sus venas sin decirle que es ni para que, mientras otro oprime sus genitales exigiendole más, mucho más. Le dice secamente que no se resista, que colabore para acabar de una buena vez con todo esto, que es para su bien, que le conviene. Un tercero le clava algo en la espalda, lo que entra le arde, mientras el dolor sostenido del abdomen se hace más y más fuerte obligándola a gritar buscando alivio, agotada, mientras corren gotas de sudor por su frente y el cuerpo bañado en transpiración resiste estoicamente.

Los que la rodean no se inmutan, le piden más, más, más, le exigen que colabore, dicen que es por su bien, que no se oponga. Aunque no logra entender claramente las órdenes mantiene la boca cerrada mientras las piernas comienzan a quedarle insensibles. Pese al miedo sigue resistiendo el dolor que se agudiza y aunque se quiere mover no la dejan, la mantienen en posicion, la obligan a continuar. Siente que necesita evacuar urgentemente y les dice, les grita, ellos parecen sordos y por el contrario le exigen más.

Fisicamente exhausta apenas duele cuando le cortan sus genitales y siente como la sangre caliente le corre por las nalgas, alli sí casi pierde la noción de todo pero en forma refleja esfuerza más y la cara le queda roja, los dientes desperadamente apretados, firme pese a todos los apremios porque sabe bien lo que esta haciendo, tiene muy claros sus principios, sabe muy bien por qué está allí.

El máximo de esfuerzo lo acompaña de un sonido gutural que comienza de lo mas profundo de sus entrañas y se hace cada vez mas fuerte, más penetrante, mas desesperado, más visceral culminando con un grito explosivo, desgarrador.

De pronto, todo cambia.

Cesa el dolor.

Cesa el esfuerzo.

Nada duele.

Un llanto agudo, interrumpido, intermitente, conquista el ambiente, endulza los oídos y ese esperado cuerpecito mojado y calentito se retuerce en su pecho.

Todos los que la están rodeando ríen.

Ha nacido su hijo, lo demás no cuenta.

lunes, 2 de julio de 2007

Intento fallido


Pensó - o más bien se sintió - completamente muerto.

Lo había logrado entonces.

Una sonrisa comenzó a insinuarse en sus facciones ágrias y abrió los ojos para ver lo nuevo. La emoción exagerada lo despertó aturdido.

Volvió a ver el techo de la pieza húmeda desde su cama vencida cual barco semihundido.
En lontananza escoraban unos pies flacos de calcetines sucios.

A babor, por la punta de la media rota cual escotilla de proa, asomaba curioso un dedo gordo de larga y sucia uña.

Iba al garete la onírica nao carente de timones.
El gato dormía plácidamente en su costado, indiferente, ronroneántemente fuera de combate.
Su sonrisa se borró, volvió lo agrio.
No entendía.

Revisó el frasco vacío. En el fondo leyó: "Fecha de vencimiento Enero 1994"... la puteada resonó sonora en al ambiente frío.
Pensó: "Veremos mañana que se cuadra."

Antes de dormir releyó brevemente el comienzo de la nota que había escrito luego de mucho pensar:

"Montevideo, día 9 de diciembre de 1999. Sr. Juez: es porque no quiero terminar el siglo en este estado que tomo esta decisión, de la que a nadie deben culpar. Dejo mi..."

Interrumpió la lectura, arrugó el papel, lo dejo caer, mirando como rebotaba en el piso.

Se acomodó a la izquierda, en posición fetal y repitió mentalmente:

"Veremos mañana que se cuadra."

viernes, 29 de junio de 2007

Aporte científico


Siempre, toda su vida había deseado ser una luminaria científica, conocer nuevos caminos para la investigación, hacer descubrimientos en los campos técnicos, inventar genialidades, participar en el aumento del conocimiento de la humanidad.

Claro, su vida no fue fácil, tenia ocho hermanos, él era uno de los del medio, no sobraba demasiado en la familia, los padres hacían lo posible pero siempre faltaba algo, carencias de una familia que se comportaba como lo que era, una familia pobre.
Pero él nunca cejó en su empeño por avanzar, de ser parte de la ciencia, de lograr llegar al conocimiento. Desde muy pequeño trabajó en cualquier cosa para conseguir algún peso para ayudar a su familia. Comenzó la escuela porque la ley así lo estipulaba, pero no llegó a terminarla. De todas formas quería participar en el avance de los hombres y siguió estudiando, pero nunca pudo llegar a secundaria.
Esto no lo amilanó, por el contrario, concurría a las bibliotecas, consultaba los libros, profundizaba los temas que mas le importaban. Fue cuando la crisis en la construcción que lo dejaron cesante, ya no se precisaba tanta mano de obra. Nunca pudo conseguir trabajos de oficina porque carecía de los estudios necesarios.
Sus visitas a las bibliotecas se iban espaciando, no tenia tiempo para dejar de trabajar y su apariencia física reflejaba su precaria situación económica. Mas de una vez los porteros le impidieron el acceso.
Su familia se fue disgregando, murieron sus padres, cada hermano tomo caminos diferentes y él quedo solo, siempre con la idea fija pese a todo de conseguir colaborar con el aumento de la capacidad de conocimiento del hombre.
Al final de su breve vida se había convertido en un ser de la calle, una especie de fantasma harapiento que buscaba comida en los tachos de basura, uno mas de los miles de abandonados por la sociedad insensible.
Con las propinas que recibía y las limosnas que algunas almas caritativas le brindaban sobrevivía malamente y el vino le ayudaba con el frío del invierno y con el triste recuerdo de su niñez pobre, su adolescencia carente, su juventud triste y su adultez solitaria.
En una de sus intoxicaciones alcohólicas, cuando la cirrosis que avanzaba limitaba brutalmente su aun joven vida, no despertó a tiempo del frío de la madrugada de invierno que lo encontró tirado en un basural cubierto de cajas de cartones.
Murió por hipotermia e intoxicación alcohólica severa, decía el parte del forense.
Él nunca lo supo, pero su mas grande deseo se cumplió finalmente.
Nadie reclamo el cuerpo.
En el marco de un convenio con la Universidad de la República, los despojos fueron donados a la Cátedra de Anatomía de la Facultad de Medicina.
El cuerpo acartonado quedo flotando en la pileta de formol de la casa de estudios a la espera de ser disecado por nuevas generaciones de estudiantes de medicina que luchaban por acrecentar sus conocimientos..
Su sueño se había cumplido, él era parte de ese avance.

domingo, 24 de junio de 2007

El cambio

No hubiese sido tan impactante verla atravesar la pared como la cosa más normal del mundo y mucho menos observarla flotando a dos metros de la ventana del séptimo piso mientras conversaban, no, en realidad lo realmente extraño - que no inquietante - fue sentir esa sensación de levedad que lo impulsó a seguirla, y poder hacerlo.

Y alli estaba, flotando junto a Cristina a más de veinte metros de la calle, lejos de la ventana que daba a la oficina. Ni siquiera se dio cuenta cuando atravesó la pared. Miraba todo desde afuera, por su propia ventana. Los compañeros seguían su rutina en ese horario pico de trabajo, derramando stress y transpirando. En su despacho, alguien estaba sentado en su sillón y parecía dormir apoyado sobre el escritorio. Le pareció conocido y con la misma naturalidad en que llegó hasta ese sitio, flotó acercándose para ver al extraño con más claridad. Era él. Desconcertado, se dio vuelta hacia Cristina para comentar su hallazgo y la vio sonriente, con la mano extendida, lo miraba con ternura, irradiaba paz y la comenzaba a rodear una luz intensa y celestial.

Recién alli recordó que ella, su único e inmenso amor, había muerto hacía años. Entoncen entendió todo, se confirmaba lo que siempre había intuido: los finales, en realidad, son comienzos. En ese momento todo dejó de preocuparle, simplemente tomó esa mano querida con firmeza y se alejaron conversando, todo era natural y simple. Tenían mucho que recordar y un tiempo eterno para hacerlo.

domingo, 25 de marzo de 2007

La espera




Lentamente fueron llegando a la capilla. El tiempo gris, lluvioso, acompañaba los acontecimientos – como siempre pasa – hacíendo todo mas difícil. Tantos días de frío y humedad congelaban los mármoles del cementerio. Juan los estaba esperando pacientemente desde hacía varias horas, con su mejor traje, camisa de estreno, corbata al tono, impecables zapatos clásicos perfectamente lustrados y cuidadosamente peinado para la ocasión. Cuando llegaron no tuvo reclamos para nadie, no se molestó por la espera, le sobraba paciencia. Él estaba en el cajón.

sábado, 24 de marzo de 2007

La luz


Al abrir la puerta de la residencia lo impactó el frío y la humedad del aire dentro de la casa, siendo que en la calle se sufrían casi treinta grados de la noche de verano. Su respiración se condensaba, parecía estar fumando. Dio dos pasos hacia adentro y allí vio esa luz azulada muy intensa flotando en el medio de la sala, iluminando el ambiente con una tonalidad celeste iridiscente emitiendo pulsaciones rosadas mientras se le aproximaba lentamente. Retrocedió, pero la puerta se cerró detrás suyo con un ruido sordo. Apoyando la espalda contra la pared y sin dejar de mirar fijamente la intensa aparición buscó desesperadamente el interruptor de la luz siguiendo el marco de la puerta con su mano. Lo encontró cuando esa forma lumínica pulsátil casi llegaba a su cara, trasmitiéndole una onda de calor que lo mareaba. Cuando perdía la conciencia logro accionar la llave. La luz no se encendió.

La mano


Esa noche la humedad se pegaba a la piel. Caminar por el inmenso estacionamiento era como deslizarse por una superficie gelatinosa, lo que sumado al frío otoñal y la soledad de la madrugada obligaba a apurar el paso, tensando los nervios el propio eco de sus pisadas. El auto parecía estar mucho mas lejos que de costumbre y al llegar a su lado le temblaban las manos. Con dificultad puso la llave en la puerta, la abrió y al sentarse colocó rápidamente los seguros. Entonces comenzó a serenarse. En parte se había puesto mas nerviosa porque su amigo - al que le encantaban las bromas de mal gusto – se pasó la tarde comentando asuntos de asesinatos y aparecidos en el barrio, con una clara intención de asustarla. Y casi lo había logrado. Encendió el motor y cuando comenzaba a salir del estacionamiento sintió una mano firme y de dedos huesudos que le agarraba el hombro derecho. Si no hubiese sido porque estaba sobre aviso se hubiese orinado del susto, pero estaba prevenida, por eso con aire de suficiencia dijo en voz alta: “Sabía que algo me estabas preparando, pero hablaste demasiado y me di cuenta, ¡mira que sos boludo che!”. La mano dejo de apretar el hombro. Ella buscó la cara de su amigo en el espejo retrovisor y no vio nada. Riendo dijo: “No te escondas desgraciado que se que sos vos...” y dándose vuelta miró al asiento de atrás. Estaba vacío. En el auto estaba ella sola. Quedo tan confundida que frenó el vehículo para poder pensar. Antes de salir de su asombro volvió a sentir la mano apretandole el hombro y automáticamente viro rápidamente la cabeza para mirar. No veía nada, pero, en su hombro, sentía una mano.

La llamada

Desde antes de entrar al apartamento sintió que el teléfono estaba sonando. Apuró la maniobra de abrir la puerta y corrió hacia el escritorio sin cerrarla, dejando al pasar el portafolio en el sofá de la sala. Al levantar el tubo la conocida voz de su madre lo acarició. Él le dijo por qué había demorado en atender, ella le contesto que no importaba, le pregunto como había pasado el día, como estaban sus cosas, su familia, sus negocios, su salud. Él le dijo que todo estaba bien, que había llegado cansado de la oficina, que había sido un día agotador, pero ya estaba acostumbrado a esas rutinas, que no se preocupara. Ella le contesto que quedaba tranquila sabiendo que estaba bien y que sus negocios iban “viento en popa”, le repitió que lo quería mucho y mando todo su cariño para la nuera y los nietitos como era su costumbre. Rutinariamente él le contesto que también la quería y la extrañaba, que se cuidara, le mando besos de todos por allí, también para el viejo y le pidió que se cuidara mucho. Cortaron la conversación. Cerro la puerta, tomo el portafolios y cuando sacándose el saco comenzaba a caminar para el baño volvió a sonar el teléfono. Ahora fue la inconfundible voz de su padre que se sentía cansada. Le dijo: “Nene, esta es la llamada que nunca hubiera querido hacer, tenés que ser fuerte, mamá se nos fue hoy de mañana, su corazón enfermo no aguantó más. Te llame varias veces antes pero me daba ocupado, si sirve de consuelo te digo que hasta el ultimo momento se acordó de ti como siempre... ¿Nene? ¿Nene? ¿Estás bien?. Él no lo sentía, el tubo del teléfono se le había caído de las manos.