No hubiese sido tan impactante verla atravesar la pared como la cosa
más normal del mundo y mucho menos observarla flotando a dos metros de la ventana del séptimo piso mientras conversaban, no, en realidad lo realmente extraño - que no inquietante - fue sentir esa sensación de levedad que lo impulsó a seguirla, y poder hacerlo.
más normal del mundo y mucho menos observarla flotando a dos metros de la ventana del séptimo piso mientras conversaban, no, en realidad lo realmente extraño - que no inquietante - fue sentir esa sensación de levedad que lo impulsó a seguirla, y poder hacerlo.Y alli estaba, flotando junto a Cristina a más de veinte metros de la calle, lejos de la ventana que daba a la oficina. Ni siquiera se dio cuenta cuando atravesó la pared. Miraba todo desde afuera, por su propia ventana. Los compañeros seguían su rutina en ese horario pico de trabajo, derramando stress y transpirando. En su despacho, alguien estaba sentado en su sillón y parecía dormir apoyado sobre el escritorio. Le pareció conocido y con la misma naturalidad en que llegó hasta ese sitio, flotó acercándose para ver al extraño con más claridad. Era él. Desconcertado, se dio vuelta hacia Cristina para comentar su hallazgo y la vio sonriente, con la mano extendida, lo miraba con ternura, irradiaba paz y la comenzaba a rodear una luz intensa y celestial.
Recién alli recordó que ella, su único e inmenso amor, había muerto hacía años. Entoncen entendió todo, se confirmaba lo que siempre había intuido: los finales, en realidad, son comienzos. En ese momento todo dejó de preocuparle, simplemente tomó esa mano querida con firmeza y se alejaron conversando, todo era natural y simple. Tenían mucho que recordar y un tiempo eterno para hacerlo.

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