viernes, 20 de febrero de 2009

Profundo amor


“Nunca querré a nadie mas, y vos lo sabes bien”, dijo despacito mientras acariciaba suavemente el brazo femenino desde el hombro a la mano en un movimiento pendular, jugueteando con la alianza de oro y brillantes.
“Para siempre es para siempre, mi amor”, le susurro en el mismo tono mientras besando la cabeza apoyada en su hombro apretaba la cintura pequeña y sensual, atrayendo para si el cuerpo deseado.
“Nuestro amor es eterno”, confesó, y mantuvo unos minutos la mirada perdida en el horizonte, por sobre la cabeza de largos cabellos rubios, viendo la inmensa luna en el cielo despejado y cómo su luz plateada se reflejaba en el mar calmo. A esa hora de la madrugada no había nadie en las cercanías y eso daba una especial intimidad al momento.
“Ya es hora, mi amor”, dijo por fin con un suspiro y agachándose ordenó las piedras en el gran saco de lona gruesa donde estaban las piernas. Con gran paciencia y dulzura puso dentro el cuerpo, los brazos y la cabeza, lo cerró fuertemente empujándolo sobre el borde del muelle y luego de una brevísima espera, sintió el ruido del bulto al caer al mar y hundirse.
“No estarás sola, mi vida, tu amante te espera en el fondo desde ayer”, anunció en el mismo tono y comenzó a caminar hacia el auto.
“Va a ser una madrugada fría”, pensó.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Por no hacer caso




Siempre le decían que meterse en el bosque de eucaliptos a esa hora de la noche no era aconsejable, pero – era su costumbre – él no hacía caso.

Y allí estaba, a las dos de la madrugada caminando entre árboles inmensos de altas copas, meciéndose lentamente empujados por la brisa nocturna.

Podía oír el ruido de las cortezas al rozarse los troncos. Era una especie de crujido continuo, un craqueo extraño, casi un quejido sostenido. Miró hacia arriba, todo estaba oscuro, las nubes y la niebla no permitían ver las estrellas.

Apuró el paso.

No estaba seguro del camino que de día conocía de memoria, pero en plena oscuridad era difícil orientarse y la cercanía del río levantaba una bruma espesa que dificultaba la visión incluso a pocos metros. La luz de la linterna dibujaba un cilindro brillante que respondía solícito a los movimientos de la muñeca. Movimientos cada vez más nerviosos.

Al quejido sostenido de las grandes moles vivas de madera lo acompañaba el murmullo de las hojas muy en lo alto, el retumbar de las olas del mar a lo lejos y el ruido de las ramas secas quebrándose bajo sus pies con cada paso, resonando en su soledad como disparos.

Por un momento le pareció ver una silueta entre dos troncos, iluminada por el resplandor de la luz, pero al enfocar hacia ese lugar no había nada. “Estoy nervioso” pensó y comenzó a caminar a pasos largos, dándose vuelta rápidamente cada pocos metros, porque podía jurar que sentía pasos siguiéndolo. Quería descubrir quién era, sorprenderlo.

Pocos minutos después corría jadeante entre los árboles, en busca de las luces salvadoras de la casa, cerca de la costa, más allá del monte de eucaliptos.

Intentaba autoconvencerse que estaba sugestionado, que cursaba una especia de crisis de ansiedad, que debía tranquilizarse, pero el pavor que lo invadía no le permitía razonar y comenzó a correr alocadamente, preso del pánico, desesperado por lo que demoró poco en tropezar con una raíz y caer aparatosamente contra un árbol caído. La linterna se le escapó de las manos y fue rebotando por el piso hasta quedar a varios metros iluminando arbustos y hojas secas.

El golpe lo había dejado casi inconsciente, le parecía vivir una película, la realidad se distorsionaba por la bruma espesa, se sintió perdido, paralizado por el terror y en ese momento comenzó a registrar claramente las pisadas que lo seguían por la hojarasca y esa respiración nerviosa que había estado sintiendo, e incapacitado para hacer cualquier cosa confirmó que si, que era cierto, que algo se le acercaba en la noche y no podía moverse, paralizado por el pánico.
Los pasos se hicieron más rápidos y el mortecino resplandor de la linterna apenas le permitió ver un inmenso bulto negro cuando le cayó encima pesadamente quitándole el aire.
La húmeda lengua de Nerón, su labrador negro, empapándole la cara, le hizo desaparecer la angustia y el pánico al primer lambetazo.


sábado, 14 de febrero de 2009

Paleolítico






El enorme y peludo mamut dio un último resoplido intentando levantar la cabeza y terminó de morir cubierto de barro y sangre, su propia sangre brotando del cuero atravesado por incontables lanzas punta de piedra.

Logró matar a varios bípedos antes de caer, aplastándolos bajo sus patas, destrozándolos con los colmillos y quebrándolos con la trompa, pero ellos habían vencido al fin por número y por tàctica. La inmensa mole era demasiado lenta para esos animales organizados.

Seguros que la bestia estaba muerta, se escucharon sonidos guturales de satisfacción en los sobrevivientes.

El jefe se acercó a los caidos, los miro de cerca casi tocándoles la piel con su naríz, les abrió los ojos, con movimientos bruscos los empujó bucando se movieran, revisó los miembros quebrados y en algunos las vísceras tiradas en el suelo al explotar los cuerpos por el peso de las inmensas patas.

Juntaron los muertos y los cargaron sobre ramas largas para arrastrarlos a la caverna. Al llegar los enterrarían bajo el piso de sus propias estancias, para que estuviesen siempre con ellos.

Con piedras afiladas cortaron todo el cuero posible del monstruo aún caliente. Sería buena protección para el frío del invierno. Luego cortaron toda la carne que pudieron cargar en ese viaje.

El retorno a la cueva donde esperaban las hembras y los niños era muy largo y aunque volverían al día siguiente, ya sabían que el trabajo de las alimañas nocturnas les dejaría poco más que los huesos. Pero estos también les servirían para preparar armas y herramientas.

Antes de partir el jefe gesticuló levantando la lanza en señal de mando.

Ayudaron a caminar a los heridos. Comenzaron el retorno.

La tarde se volvía noche, el camino era largo y peligroso.