
Esa noche la humedad se pegaba a la piel. Caminar por el inmenso estacionamiento era como deslizarse por una superficie gelatinosa, lo que sumado al frío otoñal y la soledad de la madrugada obligaba a apurar el paso, tensando los nervios el propio eco de sus pisadas. El auto parecía estar mucho mas lejos que de costumbre y al llegar a su lado le temblaban las manos. Con dificultad puso la llave en la puerta, la abrió y al sentarse colocó rápidamente los seguros. Entonces comenzó a serenarse. En parte se había puesto mas nerviosa porque su amigo - al que le encantaban las bromas de mal gusto – se pasó la tarde comentando asuntos de asesinatos y aparecidos en el barrio, con una clara intención de asustarla. Y casi lo había logrado. Encendió el motor y cuando comenzaba a salir del estacionamiento sintió una mano firme y de dedos huesudos que le agarraba el hombro derecho. Si no hubiese sido porque estaba sobre aviso se hubiese orinado del susto, pero estaba prevenida, por eso con aire de suficiencia dijo en voz alta: “Sabía que algo me estabas preparando, pero hablaste demasiado y me di cuenta, ¡mira que sos boludo che!”. La mano dejo de apretar el hombro. Ella buscó la cara de su amigo en el espejo retrovisor y no vio nada. Riendo dijo: “No te escondas desgraciado que se que sos vos...” y dándose vuelta miró al asiento de atrás. Estaba vacío. En el auto estaba ella sola. Quedo tan confundida que frenó el vehículo para poder pensar. Antes de salir de su asombro volvió a sentir la mano apretandole el hombro y automáticamente viro rápidamente la cabeza para mirar. No veía nada, pero, en su hombro, sentía una mano.

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