miércoles, 15 de junio de 2011

La pasión de Alberto



La pasión de Alberto


Nadie podia extrañarse que Alberto fuera un católico convencido.

Criado en el seno de una familia de religiosos militantes, toda su vida le infundieron los conceptos fundamentales de sumisión, respeto y miedo al Señor, marcándolo a fuego.

Su fé superaba la de cualquier cristiano; participaba en todas las actividades religiosas volviéndose imprescindible para la iglesia; jamás se negó a colaborar en cuanta campaña solidaria existiera.

Su vida de permanente entrega lo ponía camino a la santidad .

Por todo lo dicho cuando a mediados de la adolescencia le aparecieron esas manchas sangrantes en las palmas de sus manos
se sorprendió, pero recordando la historia de Cristo - que conocía al detalle – no tuvo miedo. Por el contrario, su misticismo aumentó.

Los médicos lo atribuyeron a alguna extraña enfermedad de la piel, le recetaron variados medicamentos, siempre sin éxito.

Él intuía lo que le sucedía, lo tenía claro.

Asi siguió su vida en las mismas rutinas con su familia y los amigos de la iglesia. Sin pareja. Nunca se le conoció pareja. Él ponía límites.

Cuando tenia afinidad por alguien del otro sexo – ni pensar de su mismo sexo - se consideraba al borde del pecado y automáticamente reprimía los instintos naturales con la oración. Era más que una convicción, era un reflejo inevitable.

Ante el sexo o su posibilidad los años de oscurantismo inculcados por la familia lo hacían sentirse sucio. (En esto lo envidiaban los clérigos que se sabían mucho más débiles y proclives a la tentación que Alberto.)

Su absesividad mental lo hacía refugiarse en la Iglesia alejandose de cualquier tentación – mejor si estaba vacía o con pocos fieles – y orar hasta llegar a un estado de éxtasis que le llenaba de seguridad.

Días antes de cumplir los 22 notó nuevas manchas de sangre, ahora en los pies y alli comprendió que sin ninguna duda tenía los estigmas de Cristo, lo que siempre había sospechado.

Increiblemente su fé, su permanente búsqueda del bien, había logrado este milagro cuyas causas se desconocen, aunque la ciencia siga buscando explicaciones convincentes sin encontrar ninguna.

Vivía con manos y pies envueltos en gasas. La gente ya lo veía realmente como un Santo. La Curia lo invitaba a dar conferencias de Fé, aparecía en programas de comunicación de variados medios.

Los más fanáticos guardaban las gasas ensangrentadas como reliquias y les rendían culto.

Al cumplir los 32 años nació en él un interés visceral, profundo, por las cruces donde Cristo sufría y penaba eternamente por nuestros pecados. Las miraba, las estudiaba, algo extraño lo atraía hacia ellas.

Repetídamente soñaba con crucifijos donde el Señor gritaba, sangraba, sufría siendo torturado. En lo que veía en las iglesias y en lo que soñaba, algo – no podía definir qué – no estaba bien. Lo intuía, algo no estaba bien. Algo era falso, antinatural.

Estudiaba y estudiaba las figuras religiosas y nunca lo descubría. No podía definirlo, pero tenía la plena seguridad de que algo estaba mal en esas figuras.

Por cierto sus estigmas mantenían un sangrado escaso y habían crecido al punto que veia a su través, pudiendo pasar un dedo por los huecos sin sufrir dolor. Nunca tuvo ni el más mínimo signo de infección.

En uno de los tantos viajes pastorales al interior del país, el auto tuvo una avería. Buscando ayuda llegaron a un pueblecito de tantos que hay en nuestra America profunda. Alli el mecánico les dijo que precisaba tiempo para conseguir los repuestos, entonces se alojaron en una pensión del lugar esperando el arreglo.

En una de sus caminatas conociendo la zona, cansado, extrañando mucho esos momentos de oración que le daban paz, encontró una humilde, pequeña y olvidada iglesia en la plaza del pueblo.

Encontró su ambiente.

Alli solo tenian una imagen religiosa, la de San Francisco de Asis – santo que adoraba y con quien se identificaba – junto a una gran cruz desproporcionada para el tamaño del templo que - según luego le contarian – años atrás los vecinos construyeron con restos de un inmenso eucaliptus que un rayo derribara durante una gran tormenta .

La madera era sólida, de color rojizo, muy bien pulida, sin rastros de polillas u otros insectos perforadores y con un trabajo artesanal excelente. Desde ese día, el hallazgo lo haría volver repetidas veces al pueblo como en peregrinación.

Cuando estaba a punto de llegar a los 33 años, junto con amigos y conocidos decidieron ir a festejarlo a ese sitio perdido del mapa, solitario y simple, como a él más le gustaba.

La noche anterior al compleaños, en plena madrugada, mientras todos dormian, como cumpliendo un plan pre-establecido fue a la iglesia con con una pequeña escalera que había traido de la ciudad, envuelto en una atmósfera mística y poseido de una increïble decisión.

Al entrar notó un resplandor extraño en el ambiente y vio el piso de la pequeña capilla cubierto con una neblina fosforescente. Todo le pareció de lo más natural, como si lo esperara, lo mismo que subirse y comprobar que el tamaño de la cruz parecía hecha a su medida.

Con movimientos automáticos y sintiendo una inmensa paz se quitó la ropa dejandose caer de espaldas contra el madero.

En ese momento brillantes luces lo iluminaron y unos clavos de plata aparecieron de la nada en los estigmas uniéndolo a la cruz.

Alcanzó a sentir que algo espinoso se apoyaba suavemente en su cabeza y una mano templada y suave le acariciaba la frente.

A la mañana siguiente, como casi todos los días, la señora Rodriguez Lopez fue con su hijo menor a la iglesia a hacer su trabajo.

Contratada para limpiar y ordenar todo, siempre comenzaba rutinariamente por el jardín donde intercambiaban unos mates con el cura comentando las novedades del pueblo.

El nene en sus juegos entró corriendo al templo y salió a los gritos a contarles que álguien les habia regalado un Jesucristo.

Cuando lo vieron el asombro fue inmenso, estaban ante una talla del Señor en madera pulida, tamaño real, perfecta, exacta para el viejo crucifijo. El solo acto de mirarla les trasmitía paz, mucha paz. (A ambos los rasgos de la figura les parecian conocidos, pero no lo comentaron).

Eso si, tenía un detalle misterioso que jamás habían visto en otros crucifijos.

En este, Jesús crucificado les regalaba una serena sonrisa.

lunes, 13 de abril de 2009

Me fui, nervioso.

Fue un sonido extraño,
quizás quejido, o lejana voz

- quien sabe -
pero la verdad, me dejó intrigado.
Y de pronto volví a sentirlo,
triste, lejano, exigente, como pidiendo,
entonces intenté buscar su procedencia,
pero la noche, negrísima,
se opuso.
Yo lo seguía sintiendo,
más cercano, mas indefinido,
mas fuerte,
y lo busqué en la oscuridad.
Quería descubrirlo, quería verlo,
- le juro los ojos me quedaron como líneas -
pero nada,
ni mis manos veía.
Alli estaba otra vez, clarito y cerca,
y lo peor, lo sentí bravo, enojado, como vengativo
- eso me vino a la mente -
Me fui.
Porque uno nunca sabe, ¿vio?.
Me alejé desconfiado, mirando nervioso para atrás,
mirando negro, como verán los ciegos - pensé -
sintiéndolo,
seguro que estaba alli, en algún lado,
cerca, pero lejos,
¿entiende?
Jamás volví.

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Salutti tanti amichi
Senén

lunes, 6 de abril de 2009

La moda, la moda y sus prisioneras

La moda, la moda y sus prisioneras







La nueva onda de vestidos entallados con telas transparentes le encantaban.

Claro, tenia unos kilos de mas que no ayudaban mucho, pero ese era el conjunto que le había fascinado y ansiaba ponérselo. Por cierto, no quería acordarse lo que pagó por el.

El entallado le quedaba perfecto – a decir verdad un poco tenso por las “llantitas” – pero tolerable. Los escotes y el efecto de transparencia eran realmente sensuales.
Se miraba una y mil veces en el espejo. Le encantaba verse y sentirse bien sensual.

Ponerse las medias oscuras para hacer juego con los zapatos de taco alto al tono, era parte importante del ritual, se había depilado las piernas en forma concienzuda.

Ya lista, se paro frente al espejo por enésima vez y se miro de costado. Levantó la cola, reviso el talle... ¡perfecto!. Luego se maquilló lentamente prestando atención a cada detalle.

Esa noche tenía que ser el centro de la reunión.

Resaltó en especial los ojos celestes y con un adecuado juego de sombras disimuló la cara un poco regordeta y la nariz discretamente prominente. “No solo ser el centro,- pensó - quería que la admiraran y la envidiaran.”

Los labios con un color naranja chillón le daban el toque final de seducción.Una buena dosis de perfume francés importado fue como la firma luego de la obra.
Se miró el peinado sin encontrar motivo para reclamos.

¡Estaba perfecta!. No existía nada en este mundo que la hiciese sentir tan excitada, tan “pronta para todo”, como vestirse de mujer.

viernes, 20 de febrero de 2009

Profundo amor


“Nunca querré a nadie mas, y vos lo sabes bien”, dijo despacito mientras acariciaba suavemente el brazo femenino desde el hombro a la mano en un movimiento pendular, jugueteando con la alianza de oro y brillantes.
“Para siempre es para siempre, mi amor”, le susurro en el mismo tono mientras besando la cabeza apoyada en su hombro apretaba la cintura pequeña y sensual, atrayendo para si el cuerpo deseado.
“Nuestro amor es eterno”, confesó, y mantuvo unos minutos la mirada perdida en el horizonte, por sobre la cabeza de largos cabellos rubios, viendo la inmensa luna en el cielo despejado y cómo su luz plateada se reflejaba en el mar calmo. A esa hora de la madrugada no había nadie en las cercanías y eso daba una especial intimidad al momento.
“Ya es hora, mi amor”, dijo por fin con un suspiro y agachándose ordenó las piedras en el gran saco de lona gruesa donde estaban las piernas. Con gran paciencia y dulzura puso dentro el cuerpo, los brazos y la cabeza, lo cerró fuertemente empujándolo sobre el borde del muelle y luego de una brevísima espera, sintió el ruido del bulto al caer al mar y hundirse.
“No estarás sola, mi vida, tu amante te espera en el fondo desde ayer”, anunció en el mismo tono y comenzó a caminar hacia el auto.
“Va a ser una madrugada fría”, pensó.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Por no hacer caso




Siempre le decían que meterse en el bosque de eucaliptos a esa hora de la noche no era aconsejable, pero – era su costumbre – él no hacía caso.

Y allí estaba, a las dos de la madrugada caminando entre árboles inmensos de altas copas, meciéndose lentamente empujados por la brisa nocturna.

Podía oír el ruido de las cortezas al rozarse los troncos. Era una especie de crujido continuo, un craqueo extraño, casi un quejido sostenido. Miró hacia arriba, todo estaba oscuro, las nubes y la niebla no permitían ver las estrellas.

Apuró el paso.

No estaba seguro del camino que de día conocía de memoria, pero en plena oscuridad era difícil orientarse y la cercanía del río levantaba una bruma espesa que dificultaba la visión incluso a pocos metros. La luz de la linterna dibujaba un cilindro brillante que respondía solícito a los movimientos de la muñeca. Movimientos cada vez más nerviosos.

Al quejido sostenido de las grandes moles vivas de madera lo acompañaba el murmullo de las hojas muy en lo alto, el retumbar de las olas del mar a lo lejos y el ruido de las ramas secas quebrándose bajo sus pies con cada paso, resonando en su soledad como disparos.

Por un momento le pareció ver una silueta entre dos troncos, iluminada por el resplandor de la luz, pero al enfocar hacia ese lugar no había nada. “Estoy nervioso” pensó y comenzó a caminar a pasos largos, dándose vuelta rápidamente cada pocos metros, porque podía jurar que sentía pasos siguiéndolo. Quería descubrir quién era, sorprenderlo.

Pocos minutos después corría jadeante entre los árboles, en busca de las luces salvadoras de la casa, cerca de la costa, más allá del monte de eucaliptos.

Intentaba autoconvencerse que estaba sugestionado, que cursaba una especia de crisis de ansiedad, que debía tranquilizarse, pero el pavor que lo invadía no le permitía razonar y comenzó a correr alocadamente, preso del pánico, desesperado por lo que demoró poco en tropezar con una raíz y caer aparatosamente contra un árbol caído. La linterna se le escapó de las manos y fue rebotando por el piso hasta quedar a varios metros iluminando arbustos y hojas secas.

El golpe lo había dejado casi inconsciente, le parecía vivir una película, la realidad se distorsionaba por la bruma espesa, se sintió perdido, paralizado por el terror y en ese momento comenzó a registrar claramente las pisadas que lo seguían por la hojarasca y esa respiración nerviosa que había estado sintiendo, e incapacitado para hacer cualquier cosa confirmó que si, que era cierto, que algo se le acercaba en la noche y no podía moverse, paralizado por el pánico.
Los pasos se hicieron más rápidos y el mortecino resplandor de la linterna apenas le permitió ver un inmenso bulto negro cuando le cayó encima pesadamente quitándole el aire.
La húmeda lengua de Nerón, su labrador negro, empapándole la cara, le hizo desaparecer la angustia y el pánico al primer lambetazo.


sábado, 14 de febrero de 2009

Paleolítico






El enorme y peludo mamut dio un último resoplido intentando levantar la cabeza y terminó de morir cubierto de barro y sangre, su propia sangre brotando del cuero atravesado por incontables lanzas punta de piedra.

Logró matar a varios bípedos antes de caer, aplastándolos bajo sus patas, destrozándolos con los colmillos y quebrándolos con la trompa, pero ellos habían vencido al fin por número y por tàctica. La inmensa mole era demasiado lenta para esos animales organizados.

Seguros que la bestia estaba muerta, se escucharon sonidos guturales de satisfacción en los sobrevivientes.

El jefe se acercó a los caidos, los miro de cerca casi tocándoles la piel con su naríz, les abrió los ojos, con movimientos bruscos los empujó bucando se movieran, revisó los miembros quebrados y en algunos las vísceras tiradas en el suelo al explotar los cuerpos por el peso de las inmensas patas.

Juntaron los muertos y los cargaron sobre ramas largas para arrastrarlos a la caverna. Al llegar los enterrarían bajo el piso de sus propias estancias, para que estuviesen siempre con ellos.

Con piedras afiladas cortaron todo el cuero posible del monstruo aún caliente. Sería buena protección para el frío del invierno. Luego cortaron toda la carne que pudieron cargar en ese viaje.

El retorno a la cueva donde esperaban las hembras y los niños era muy largo y aunque volverían al día siguiente, ya sabían que el trabajo de las alimañas nocturnas les dejaría poco más que los huesos. Pero estos también les servirían para preparar armas y herramientas.

Antes de partir el jefe gesticuló levantando la lanza en señal de mando.

Ayudaron a caminar a los heridos. Comenzaron el retorno.

La tarde se volvía noche, el camino era largo y peligroso.

lunes, 14 de enero de 2008

La pieza de pensión ( o el F.M.I.)


El cuarto comenzó a achicarse. Al principio prácticamente no se notaban diferencias, pero las distancias se hacían mas cortas. Él lo intuía. Contó los pasos desde la puerta a la pared contraria... diez, once, casi doce y de la ventana al fondo de la pieza... ocho, nueve, diez. Justo diez pasos. Pero se estaba achicando, lo podía sentir y esa sensación de perdida de sustentación, de levedad que le estaba produciendo el piso al ir subiendo... pero era tan lento que apenas se notaba. Él lo sentía. Como sentía que el techo se movía, comenzaba a bajar. Estaba aterrorizado, lo paralizaba el encontrarse frente a ese fenómeno inexplicable, inesperado, no podía convencerse. Volvió a contar los pasos desde la puerta a la pared contraria... diez, once... once justo. ¡Estaba acortándose, lo estaba confirmando! y desde la ventana a la otra pared... ocho, nueve...¡solo nueve!, sin dudas se achicaba. El pavor casi le impedía mover las piernas, la respiración le era dificultosa, comenzó a sentirse mal, con el estomago revuelto. Desfalleciente llegó a la puerta, se abría hacia adentro y el piso al subir la trababa. Intento calmarse, pero no pudo contener el ataque de pánico, los pies le pesaban toneladas y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para arrastrarlos hacia la ventana, su única y última oportunidad de salir de ese encierro mortal. Pero el techo había bajado. Y al bajar trancó la parte superior. No pudo abrirla. Notó que el movimiento compresivo de paredes, piso y techo se hacía mas notorio, el ambiente se achicaba, le faltaba el aire, casi llegaba con su cabeza al techo y estirando los brazos pudo tocar ahora las paredes y apoyar las palmas en ellas sintiendo claramente el movimiento. Al taparse la ventana todo quedo a oscuras, el volumen libre desaparecía, se sintió desvanecer.
A la mañana siguiente la pieza estaba limpia y brillante, iluminada por un radiante sol que penetraba por la ventana.
La puerta estaba entornada y lucía un cartelito colgado en el picaporte:


SE ALQUILA Pase sin llamar