
Siempre le decían que meterse en el bosque de eucaliptos a esa hora de la noche no era aconsejable, pero – era su costumbre – él no hacía caso.
Y allí estaba, a las dos de la madrugada caminando entre árboles inmensos de altas copas, meciéndose lentamente empujados por la brisa nocturna.
Podía oír el ruido de las cortezas al rozarse los troncos. Era una especie de crujido continuo, un craqueo extraño, casi un quejido sostenido. Miró hacia arriba, todo estaba oscuro, las nubes y la niebla no permitían ver las estrellas.
Apuró el paso.
No estaba seguro del camino que de día conocía de memoria, pero en plena oscuridad era difícil orientarse y la cercanía del río levantaba una bruma espesa que dificultaba la visión incluso a pocos metros. La luz de la linterna dibujaba un cilindro brillante que respondía solícito a los movimientos de la muñeca. Movimientos cada vez más nerviosos.
Al quejido sostenido de las grandes moles vivas de madera lo acompañaba el murmullo de las hojas muy en lo alto, el retumbar de las olas del mar a lo lejos y el ruido de las ramas secas quebrándose bajo sus pies con cada paso, resonando en su soledad como disparos.
Por un momento le pareció ver una silueta entre dos troncos, iluminada por el resplandor de la luz, pero al enfocar hacia ese lugar no había nada. “Estoy nervioso” pensó y comenzó a caminar a pasos largos, dándose vuelta rápidamente cada pocos metros, porque podía jurar que sentía pasos siguiéndolo. Quería descubrir quién era, sorprenderlo.
Pocos minutos después corría jadeante entre los árboles, en busca de las luces salvadoras de la casa, cerca de la costa, más allá del monte de eucaliptos.
Intentaba autoconvencerse que estaba sugestionado, que cursaba una especia de crisis de ansiedad, que debía tranquilizarse, pero el pavor que lo invadía no le permitía razonar y comenzó a correr alocadamente, preso del pánico, desesperado por lo que demoró poco en tropezar con una raíz y caer aparatosamente contra un árbol caído. La linterna se le escapó de las manos y fue rebotando por el piso hasta quedar a varios metros iluminando arbustos y hojas secas.
El golpe lo había dejado casi inconsciente, le parecía vivir una película, la realidad se distorsionaba por la bruma espesa, se sintió perdido, paralizado por el terror y en ese momento comenzó a registrar claramente las pisadas que lo seguían por la hojarasca y esa respiración nerviosa que había estado sintiendo, e incapacitado para hacer cualquier cosa confirmó que si, que era cierto, que algo se le acercaba en la noche y no podía moverse, paralizado por el pánico.
Los pasos se hicieron más rápidos y el mortecino resplandor de la linterna apenas le permitió ver un inmenso bulto negro cuando le cayó encima pesadamente quitándole el aire.
La húmeda lengua de Nerón, su labrador negro, empapándole la cara, le hizo desaparecer la angustia y el pánico al primer lambetazo.

10 comentarios:
HE LEÍDO MUCHAS COSAS MEJORES EN SU BLOG, DEMASIADO PLANO ESTE CUENTO, AUNQUE LO PRETENDA NO TRAE NADA SORPRENDENTE.
Gracias por pasar y comentar, The Guardian, es importante el tema de los comentarios. Comparto que no es ninguna obra de arte, solo un "tentenpie" ya viejito que encontré entre papeles y lo reciclé. No tiene mayores intenciones que un relato breve. No te has equivocado.
Saludos
Senén
Veo Senén que la concurrencia es dura. Estoy de acuerdo con el guardian en que tienes relatos de gran nivel. Este, como dices, es un tentempié.
Aurrevoire
Mantiene la emoción hasta el último momento
... OK!
Pésol, gracias por pasar y es muy cierto el comentario, pero siempre hay altas y bajas. Hay escritos que uno mantiene por cariño, como este que es uno que escribí hace muchos años. En cierta forma es un relato de algo que me pasó a mi. Pero el perro no se llamaba Nerón ni fue tan aparatosa la caida.
Por cierto estoy pensando que "pésol a pésol se puede juntar una fortúnal" ¿O no? Je
Maria Teresa, ¡que grande! Ve, usté me levanta el ánimo, que esos otros amigos me hacen sentir el último de la clase, me hacen sentir. Es que no me tienen paciencia...
Sr doctor, ni el ultimo de la clase ni cuento plano, siempre digo que no hay relatos ni obras literarias planas, solo lectores planos, Hay lectores para los que da gusto escribir por que ellos mismos son la prolongacion del relato, de la obra, nutriendola de sorprendentes aristas impensadas hasta para el propio autor, esos son los que hacen crecer a uno, no la critica descarnada, esa, esa solo destruye!
No hay nada como escuchar un comentario en donde lo escrito se sublima hasta adquirir un vuelo mágico aun cuando uno no levanto los pies del suelo, entonces se crece, se descubre que pueden tener connotaciones que el autor nunca imaginó y desde ese punto se comienza a seguir escribiendo! felices esas miradas que solo tienen ojos para construir( hay pocas asi le aseguro)!
ha! me olvidaba, su relato esta copado, tiene ese dejo de humor que usted sabe derle con gran suspenso!
gracias Doc, no se ponga colorado que el rojo con el negro queda Bordó, con b de boludo, jajajaja
Pero Juancito, no se me caliente, cuidado con el bobo, se ha convertido en una fiera, mimoso, no sabe como me pone... guacho, bichito de luuuzzz! Je.
Gracias por el apoyo, pero Gardel era uruguayo y chau, no me hagas la cama loco.
Se cuida
Senén
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