domingo, 21 de agosto de 2011

La decisión de Arrecho Abreu




Llegó al Bar con muchas copas dentro, y a él el alcohól lo ponía agresivo.

El cuerpo le pesaba. Se detuvo en la puerta, mojó los labios con la lengua, afirmó el cinto.

Pestañando en camara lenta, a través del vidrio sucio vio cantidad de gente y abrió la puerta con fuerza, decidido.

Se hizo un silencio.

Todos lo miraron, algunos con odio, otros con miedo, ninguno con alegría.

Pese al alcohol, desde esa posición pudo ver al turco Abdul apoyado en el mostrador, de copas con el brasilero Carvalho, los dos contrabandistas de ganado. (Él sabía bastantes cosas de esos dos y tenían cuentas pendientes)

En la mesa contra la ventana estaba al judio Brunstein haciendo numeros con el pelusa Contreras, gaucho de casi dos metros y 130 kilos, su empleado y “cobrador personal” en casos de insolvencia del deudor, finiquitando entre ellos quien sabe cual de sus tantos negocios turbios.

Por las mesas del medio junó a la parda Manuela - “su” parda - subida en la falda del malevo Rosales – esto era demasiado - y solo con la mirada de furia que les tiró, casi le hace un barbijo en la frente. Ella sintió el odio clarito, y quedó temblando.

Lleno de bronca espesa, apretó los puños.

Para la izquierda del cafetín vio bastantes elementos - figuritas conocidas - con los que tenia otros asuntos. “Tiempo al tiempo”, pensó.

Se palpó el facón con la derecha y acarició la Beretta en el sobaco, porque venía dispuesto a cualquier cosa y todos lo sabían.

Fueron vivencias lentas, degustadas, esperadas, fatales, que parecían horas pero duraron segundos.

Con dificultád comenzó a entrar al tugurio.

Al ver el movimiento Rosales se paró de golpe llevandose la mano a la cintura – utilizaba la faca agarrada en la espalda con el cinto - dejando a la parda desparramada en el piso. Brustein desesperado juntaba el dinero ayudado por Contreras que ponia los inmensos brazos en los bordes de la mesa controlando no se cayera ningun recibo. El gallego Manuel y el turco Abdul se dieron vuelta mirándolo de frente con desprecio. Manuel metió mano en la cintura y agarro el mango del facón. Abdul – zurdo perdido - coloco la mano izquierda en su sobaco derecho y la dejo apoyada en el Smith & Wesson 38.

Todo quedó en silencio.

El dueño del cafetín, el vazco Iñaky, se tiró de cabeza atrás del mostrador, jalando de abajo la poyera a su mujer para que hiciera lo mismo, pero ella estaba paralizada por el miedo, como estatua.

Arrecho Abreu tenia problemas personales con varios de los presentes y esa noche los iba a arreglar por las malas o por las peores tambien. (Se acordó por un instante de unos cantores del pueblo y casi penso la frase con el mismo tono y ritmo de la canción)

Todos los músculos de todos se tensaron.

Avanzó.

Tropezó en una rebarba de la madera de piso, quiso recuperar el equilibrio pero el alcohol no lo dejó, trastabilló dos pasos y cayó pesadamente hacia adelante haciendo el cuerpo una pirueta extraña partiéndose la frente contra la mesa del malevo Rosales, quedando difunto ipso facto con la sangrante cabeza abierta apoyada en la falda de la parda Manuela que se desmayó con un suspiro.

En cierta manera, logró lo que quería, aunque debemos reconocer que no en una forma convencional. Ya no le afectarían más sus malas relaciones con todos esos malandros despreciables.

Sus problemas quedaron resueltos.

domingo, 19 de junio de 2011

Arqueología práctica










En ese hueco oculto a todos, detrás de la pequeña y gruesa puerta de madera maciza, el cuerpo mantenía una postura encorvada con la piel negruzca pegada a los huesos formando arrugas lineales irregulares que lo hacían especialmente dantesco. El cráneo aún se mantenía en su sitio sostenido por restos de cuero cabelludo con algo de pelo blanco en las sienes y la nuca. Las cuencas vacías parecían morbosamente decoradas con algo de cejas y piel putrefacta mientras la desencajada quijada estaba a punto de caerse.

Llamaban la atención esas manos como garras negruzcas sin uñas – se notaban arañazos en las paredes del cubículo que sugerían intentos desesperados de libertad - seguramente se las había arrancado rascando la madera y el cemento al quedar atrapado.

La luz de la linterna apenas lograba ver esa momia, no había sido fácil llegar hasta ese alejado rincón en medio de infinidad de otros objetos abandonados en el pequeño cubículo. Era fácil ver que hacía mucho que nadie pasaba por el sitio. Un típico aroma de humedad acompañaba cada movimiento. Más allá de la sorpresa, el hallazgo revivió en cierta forma su pasión por lo antiguo que de joven lo había llevado a estudiar arqueología.

Asombrado miraba el descubrimiento que jamás hubiese pensado encontrar en esa zona, mirando todo lentamente, intentando guardar en la retina cada detalle, cada pequeño signo.

Increiblemente por fín vio ese anillo grueso de oro en el anular de la mano izquierda junto con otro de plata, más grueso, coronado por una piedra de obsidiana blancopálida en el meñique de la misma mano.

Fue el dato fundamental que permitió datar el hallazgo con total seguridad, incluso ahora podría definir la identidad de la momia.

Solo para confirmar las sospechas dio vuelta el cuerpo momificado y en lo que había sido la cintura pudo ver restos de ropa atados con una simple cuerda anudada con triple nudo, lo que era una típica costumbre de ese sujeto en su tiempo.

Lo que intuía, contra todo pronóstico, estaba confirmado.

Con gran dificultad retrocedió por donde había venido, buscando aire fresco.

Se detuvo y respiró profundamente.

Ya repuesto de tanta emoción gritó a su compañera con toda la fuerza de sus pulmones:

-¡Martaaaaa! ¡Martaaaa! ¿Dónde estás? – la voz rebotando en las paredes generaba un eco lúgubre –

- ¡Estoy aquí afuera, de donde me estas gritando, apenas te escucho!

- ¡Arriba, aquí arriba, en el galpón viejo, en la buhardilla!.

- ¿Qué querés?

- Fijate que siempre estuvo aquí, no se había ido de vacaciones ni salió con nadie… ¡con razón la policía nunca supo nada!

De abajo la mujer le preguntaba a los gritos porque no entendía demasiado:

- ¿De que hablas... qué me estas diciendo?

- ¡Que tenemos que limpiar más seguido... ¡encontré al abuelo carajo, encontré al abuelo!

miércoles, 15 de junio de 2011

La pasión de Alberto



La pasión de Alberto


Nadie podia extrañarse que Alberto fuera un católico convencido.

Criado en el seno de una familia de religiosos militantes, toda su vida le infundieron los conceptos fundamentales de sumisión, respeto y miedo al Señor, marcándolo a fuego.

Su fé superaba la de cualquier cristiano; participaba en todas las actividades religiosas volviéndose imprescindible para la iglesia; jamás se negó a colaborar en cuanta campaña solidaria existiera.

Su vida de permanente entrega lo ponía camino a la santidad .

Por todo lo dicho cuando a mediados de la adolescencia le aparecieron esas manchas sangrantes en las palmas de sus manos
se sorprendió, pero recordando la historia de Cristo - que conocía al detalle – no tuvo miedo. Por el contrario, su misticismo aumentó.

Los médicos lo atribuyeron a alguna extraña enfermedad de la piel, le recetaron variados medicamentos, siempre sin éxito.

Él intuía lo que le sucedía, lo tenía claro.

Asi siguió su vida en las mismas rutinas con su familia y los amigos de la iglesia. Sin pareja. Nunca se le conoció pareja. Él ponía límites.

Cuando tenia afinidad por alguien del otro sexo – ni pensar de su mismo sexo - se consideraba al borde del pecado y automáticamente reprimía los instintos naturales con la oración. Era más que una convicción, era un reflejo inevitable.

Ante el sexo o su posibilidad los años de oscurantismo inculcados por la familia lo hacían sentirse sucio. (En esto lo envidiaban los clérigos que se sabían mucho más débiles y proclives a la tentación que Alberto.)

Su absesividad mental lo hacía refugiarse en la Iglesia alejandose de cualquier tentación – mejor si estaba vacía o con pocos fieles – y orar hasta llegar a un estado de éxtasis que le llenaba de seguridad.

Días antes de cumplir los 22 notó nuevas manchas de sangre, ahora en los pies y alli comprendió que sin ninguna duda tenía los estigmas de Cristo, lo que siempre había sospechado.

Increiblemente su fé, su permanente búsqueda del bien, había logrado este milagro cuyas causas se desconocen, aunque la ciencia siga buscando explicaciones convincentes sin encontrar ninguna.

Vivía con manos y pies envueltos en gasas. La gente ya lo veía realmente como un Santo. La Curia lo invitaba a dar conferencias de Fé, aparecía en programas de comunicación de variados medios.

Los más fanáticos guardaban las gasas ensangrentadas como reliquias y les rendían culto.

Al cumplir los 32 años nació en él un interés visceral, profundo, por las cruces donde Cristo sufría y penaba eternamente por nuestros pecados. Las miraba, las estudiaba, algo extraño lo atraía hacia ellas.

Repetídamente soñaba con crucifijos donde el Señor gritaba, sangraba, sufría siendo torturado. En lo que veía en las iglesias y en lo que soñaba, algo – no podía definir qué – no estaba bien. Lo intuía, algo no estaba bien. Algo era falso, antinatural.

Estudiaba y estudiaba las figuras religiosas y nunca lo descubría. No podía definirlo, pero tenía la plena seguridad de que algo estaba mal en esas figuras.

Por cierto sus estigmas mantenían un sangrado escaso y habían crecido al punto que veia a su través, pudiendo pasar un dedo por los huecos sin sufrir dolor. Nunca tuvo ni el más mínimo signo de infección.

En uno de los tantos viajes pastorales al interior del país, el auto tuvo una avería. Buscando ayuda llegaron a un pueblecito de tantos que hay en nuestra America profunda. Alli el mecánico les dijo que precisaba tiempo para conseguir los repuestos, entonces se alojaron en una pensión del lugar esperando el arreglo.

En una de sus caminatas conociendo la zona, cansado, extrañando mucho esos momentos de oración que le daban paz, encontró una humilde, pequeña y olvidada iglesia en la plaza del pueblo.

Encontró su ambiente.

Alli solo tenian una imagen religiosa, la de San Francisco de Asis – santo que adoraba y con quien se identificaba – junto a una gran cruz desproporcionada para el tamaño del templo que - según luego le contarian – años atrás los vecinos construyeron con restos de un inmenso eucaliptus que un rayo derribara durante una gran tormenta .

La madera era sólida, de color rojizo, muy bien pulida, sin rastros de polillas u otros insectos perforadores y con un trabajo artesanal excelente. Desde ese día, el hallazgo lo haría volver repetidas veces al pueblo como en peregrinación.

Cuando estaba a punto de llegar a los 33 años, junto con amigos y conocidos decidieron ir a festejarlo a ese sitio perdido del mapa, solitario y simple, como a él más le gustaba.

La noche anterior al compleaños, en plena madrugada, mientras todos dormian, como cumpliendo un plan pre-establecido fue a la iglesia con con una pequeña escalera que había traido de la ciudad, envuelto en una atmósfera mística y poseido de una increïble decisión.

Al entrar notó un resplandor extraño en el ambiente y vio el piso de la pequeña capilla cubierto con una neblina fosforescente. Todo le pareció de lo más natural, como si lo esperara, lo mismo que subirse y comprobar que el tamaño de la cruz parecía hecha a su medida.

Con movimientos automáticos y sintiendo una inmensa paz se quitó la ropa dejandose caer de espaldas contra el madero.

En ese momento brillantes luces lo iluminaron y unos clavos de plata aparecieron de la nada en los estigmas uniéndolo a la cruz.

Alcanzó a sentir que algo espinoso se apoyaba suavemente en su cabeza y una mano templada y suave le acariciaba la frente.

A la mañana siguiente, como casi todos los días, la señora Rodriguez Lopez fue con su hijo menor a la iglesia a hacer su trabajo.

Contratada para limpiar y ordenar todo, siempre comenzaba rutinariamente por el jardín donde intercambiaban unos mates con el cura comentando las novedades del pueblo.

El nene en sus juegos entró corriendo al templo y salió a los gritos a contarles que álguien les habia regalado un Jesucristo.

Cuando lo vieron el asombro fue inmenso, estaban ante una talla del Señor en madera pulida, tamaño real, perfecta, exacta para el viejo crucifijo. El solo acto de mirarla les trasmitía paz, mucha paz. (A ambos los rasgos de la figura les parecian conocidos, pero no lo comentaron).

Eso si, tenía un detalle misterioso que jamás habían visto en otros crucifijos.

En este, Jesús crucificado les regalaba una serena sonrisa.